Bioética en el cine


El Séptimo Arte ha sido una de las últimas disciplinas en alcanzar esta consideración, pero dada su proximidad a otras como la literatura o la fotografía, tiene una capacidad innata de comunicación y expresi-vidad que cuando se emplean adecuadamente lo convierten en un poderoso medio para la reflexión, e incluso para el intento de cambio social, moral…

En este apartado que desde AEBI se dedica al cine, a La Vida Humana a Través del Cine, tratamos de mostrar los distintos aspectos a los que se puede enfrentar la bioética desde la cercanía que transmite este medio, mediante delicada selección de películas debidamente analizadas y comentadas.
 

Un Hombre para la Eternidad


La Vida Humana a Través del Cine
Sección dirigida por Gloria Mª Tomás y Garrido
Catedrática de Bioética. UCAM. Murcia.




   
Esta vez comentamos una película estrenada en 1966, que trata sobre la vida de Santo Tomás Moro. Quizás me motivó a acudir a ella la situación jurídica de occidente y la relectura de las palabras pronunciadas por Sir David Alton, político inglés, perteneciente al partido Liberal Democrático, y uno de los muchos promotores del nombramiento de Santo Tomás Moro como patrono de los Gobernantes y Políticos. Dijo lo siguiente: "Cuando entro en la sala donde fue procesado, me pregunto cómo Moro, que se dejó decapitar con tal de no renegar a sus principios, viviría hoy nuestras batallas como parlamentarios ingleses que debaten sobre la clonación humana, la eutanasia, el aborto, la destrucción de embriones humanos…"

Santo Tomás (1478-1535) es un modelo creíble e imitable, un estímulo para todos; su ejemplo nos puede ayudar en la fascinante tarea de construir esta sociedad de la que somos protagonistas. Es ejemplo y programa para un mundo que será mucho más humano si sabe unir la justicia con la coherencia personal, tal como él hizo, pues mostró con su vida y, muy particularmente, con su trágica muerte, su fidelidad a la Iglesia, la obediencia a su propia conciencia, y la lucha de la libertad individual frente al poder organizado.

La película que nos ocupa se centra en los acontecimientos finales de la vida de Santo Tomás. Su influencia social y política es enorme. Considerado como uno de los fundadores de la ciencia jurídica de la Common Law inglesa, en 1504 fue elegido por primera vez para el Parlamento. Enrique VIII lo nombró representante de la corona en la capital, abriéndole así una brillante carrera en la administración pública. En 1523 llegó a ser presidente de la Cámara de los Comunes. En 1529, en un momento de crisis política y económica del país, el rey le nombró Canciller del Reino. Fue el primer laico en ocupar este puesto en varios siglos.

Su labor hubiera sido más grata si el príncipe a quien tuvo que servir no hubiera sido Enrique VIII. Este rey tenía una formación artística, filosófica y teológica. De hecho, buena parte de los libros de Historia de la Gran Bretaña le han guardado agradecimiento, pues, por ejemplo, hizo de Inglaterra una gran potencia naval. Además, Enrique VIII había sido nombrado por el Papa "Defensor de la fe" por haber escrito un libro en defensa de los sacramentos y en contra de Lutero, pero al enamorarse y encapricharse de Ana Bolena, el Rey solicitó al papa Clemente VII la anulación de su matrimonio con la hija de los Reyes Católicos, Catalina de Aragón, con la que, además, no había logrado tener descendencia. Al no obtener este anulación Enrique VIII impone a los Comunes y a la jerarquía de la Iglesia la separación de Roma y el origen de la Iglesia Anglicana, declarándose a sí mismo cabeza de esta Iglesia.


Los felices días de la familia de Santo Tomás terminaron con estos hechos. Moro presentía lo que iba a suceder y sabía muy bien que Enrique VIII sólo quería servirse del prestigio de su Canciller para sus fines particulares. Por ello consideró más prudente dimitir antes de verse atrapado en una dinámica cuyo previsible final sería la ruptura con Roma. Este hecho ocurre en 1932. En aquellos decisivos momentos faltaron en Inglaterra teólogos para defender el catolicismo. Así pues, Moro se vio prácticamente solo frente al poder y frente a la actividad de las doctrinas protestantes. Tras un juicio inicuo fue encarcelado en la Torre de Londres el año 1534. Durante sus quince meses de prisión fue sometido a diversas formas de presión psicológica, pero no se dejó vencer, convencido que prestar el juramento que se le exigía, hubiera supuesto la aceptación de una situación política y eclesiástica que preparaba el terreno al despotismo. El año 1535 fue citado aprestar juramento al "Act of Sucesión" aprobado por el Parlamento. Este acto tenía como finalidad legitimar los hijos del Rey con su amante, Ana Bolena. Moro negaba la competencia del Parlamento para declarar que Enrique VIII era el jefe de la Iglesia de Inglaterra y también que su matrimonio con Catalina de Aragón era inválido. Pero a su vez no tenía inconveniente en admitir que el Parlamento podía reconocer como heredero de la corona al hijo de Ana Bolena. Aparte de no hacer el juramento, no dijo nada en contra del rey y disimuló honradamente su pensamiento, puesto que quería salvar su vida. Al final del proceso, cuando ya estaba escrita la sentencia, pronunció una espléndida apología de sus propias convicciones sobre la insolubilidad del matrimonio, el respeto del patrimonio jurídico y la libertad de la Iglesia ante el Estado. Se ha dicho que a Moro le condenó la tiranía de un rey, a pesar de que, como el mejor abogado de la Inglaterra de su tiempo, hizo todo lo políticamente posible para no ser mártir; todo menos sacrificar su conciencia y poner al Rey por encima de su Dios. Otros dirigentes europeos como el Papa o el rey Carlos I de España y V de Alemania, quien veía en él al mejor pensador del momento, presionaron para que se le perdonara la vida, y se la conmutara por cadena perpetua o destierro, pero no se lograron esos fines y, cuando ya no hubo nada que hacer, Tomás Moro subió con tranquila resignación al patíbulo en 1535.

Hasta sus últimos instantes mantuvo su sentido del humor, confiando plenamente en el Dios misericordioso que le recibiría al cruzar el umbral de la muerte. Mientras subía al cadalso le dijo al verdugo que si le podía ayudar a subir porque para bajar ya sabría valérselas él mismo. Luego, al arrodillarse dijo: "Fíjese que mi barba ha crecido en la cárcel; es decir, ella no ha sido desobediente al rey, por lo tanto no hay por qué cortarla. Permítame que la aparte". Finalmente, dirigiéndose a los presentes dijo que moría siendo el buen siervo del Rey pero primero de Dios. Nada más rodar su cabeza, el pueblo lo aclamó como santo.

Cfr. Herranz, G. en Tomás, G. La Bioética, un compromiso existencial y científico. Tomo III, 11-19, Murcia, 2006

Metodología

Como es habitual, se propone una película, se realiza una sinopsis sobre ella y se plantean algunas cuestiones bioéticas -en sentido amplio- con respecto a temas que aparecen en el film.

Si alguien desea añadir algún comentario o buscar nuevas explicaciones puede dirigirse al correo: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

En todo caso, lo fundamental es contar con el cine como instrumento de la bioética.
 

Película a Debate: Un Hombre para la Eternidad


Título Original: A Man for All Seasons
Año: 1966
Duración: 120 min.
País: Gran Bretaña
Director: Fred Zinnemann
Guión: Robert Bolt (Teatro: Robert Bolt)
Música: Georges Delerue
Fotografía: Ted Moore
Reparto: Paul Scofield, Orson Welles, Vanessa Redgrave, Robert Shaw, Wendy Hiller, Leo McKern, Susannah York, Nigel Davenport, John Hurt, Corin Redgrave, Colin Blakely, Cyril Luckham
Productora: Columbia Pictures
Gérero: Drama | Histórico. Siglo XVI. Política. Religión. Biográfico
Premios:
  • 1966: 6 Oscars: Película, director, actor (Scofield), guión adaptado, fotografía, vestuario
  • 1966: BAFTA: Mejor película
  • 1966: Globo de Oro: Mejor película: Drama

Fred Zinneman llevó a la gran pantalla los últimos días de Sir Thomas Morus basándose en la pieza teatral A Man For All Sesons de Robert Bolt. Fue la mejor película del año 1966, premiada con seis Oscar.

Bolt, escribió un guión que refleja fidedignamente el trasfondo histórico de esa época. Es su estilo, tal como también demostró años más tarde en el guión de "La misión" (1986) de Roland Joffé.

La película retrata la corte británica de la mitad del siglo XVI, el factor económico desde el trono, la angustiosa envidia desde Cromwell; causas y condiciones de la escisión de la Iglesia Católica de ese reino y nacimiento del anglicanismo. Aparece la realidad y las consecuencias de temas decisivos como el soborno, la autoestima, la fidelidad a uno mismo, la traición, la mentira, la corrupción del poder totalitario, la defensa de la verdad, la intromisión de las leyes en la intimidad del ser humano, la libertad, la renuncia libre de los honores por algo más valioso, la objeción de conciencia, del derecho al silencio.

De esa red de contrastes destaca un auténtico canto al honor, a la gallardía y a la coherencia encarnado en el personaje de Sir Thomas Moro, que Paul Scofield refleja a la perfección; son excelentes los actores secundarios, sobre todo Robert Shaw como Enrique VIII.

Junto con la ambientación histórica, la fotografía y el vestuario son elogiables. Hay una sobriedad narrativa y visual que despejan de lo secundario y muestran al protagonista tal como fue: destacado personaje, hombre muy próximo al corazón, a la sensibilidad y al intelecto de un monarca a cuya formación había contribuido decisivamente.

Además, toda la película está salpicada de réplicas muy interesantes. Así, se recoge la escena en que a la pregunta de su esposa de por qué se opone al Rey, Moro responde: "porque no puedo hacer otra cosa". O, también, cuando el duque de Norfolk intenta convencer al protagonista alegando que corresponde a la aristocracia ser arrogante y no un sencillo abogado. Moro le responde: "La nobleza de Inglaterra se hubiera puesto a roncar al oír el Sermón de la Montaña. En cambio, trabaja con incansable ahínco por el pedigree de un buldog".

Este gran humanista, tolerante, defensor de la libertad de todos, y también de la suya propia pronunciará: "Yo concedería al diablo el beneficio de la ley, por mi propia seguridad". Y se dicen otras expresiones acertadas y llenas de fina ironía:" ¡Es la justicia quien le amenaza!... pues entonces, no estoy amenazado". "No tengo una ventana para asomarme a la conciencia del hombre. No puedo condenar a nadie". Con el paso de los años, quizás haya perdido -o se ha superado- el ritmo, la cadencia, pero aún así, vale la pena recordarla, verla de nuevo o, incluso, descubrirla.


Cuestión clave del debate: entender la objeción de conciencia.
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