Bioética en el cine


El Séptimo Arte ha sido una de las últimas disciplinas en alcanzar esta consideración, pero dada su proximidad a otras como la literatura o la fotografía, tiene una capacidad innata de comunicación y expresi-vidad que cuando se emplean adecuadamente lo convierten en un poderoso medio para la reflexión, e incluso para el intento de cambio social, moral…

En este apartado que desde AEBI se dedica al cine, a La Vida Humana a Través del Cine, tratamos de mostrar los distintos aspectos a los que se puede enfrentar la bioética desde la cercanía que transmite este medio, mediante delicada selección de películas debidamente analizadas y comentadas.
 

El profesor Lazhar. Una relación enriquecedora entre maestro y alumno


La Vida Humana a Través del Cine
Sección dirigida por Gloria Mª Tomás y Garrido
Catedrática de Bioética. UCAM. Murcia.
 
   
 A finales de 1999 brillaron con luz propia tres obras excepcionales en las pantallas españolas: Los niños del Paraíso, del iraní Majid Majidi, que compitió con La vida es bella por el Oscar a la Mejor Película Extranjera; Hoy empieza todo, del famoso cineasta Bertrand Tavernier; y La vendedora de rosas, de Victor Gaviria. Las tres giran en torno al fascinante pero tremendo mundo de los niños, concretamente indagando en su dolor.

Sin duda los niños son las grandes víctimas de la historia. Sufren las guerras, el desamor y el hambre como nadie. Y no tienen voz. Su única arma es la mirada, clara y profunda, de la inocencia inteligente, de la pregunta sin fondo, la mirada genuina del corazón humano. Por eso algunos de los mejores planos de la historia del cine son los que están invadidos por esos ojos que llevan dentro todo el dolor y toda la esperanza del mundo.

¿Cómo olvidar el rostro luminoso de Marcelino Pan y Vino (Ladislao Vadja 1954), testimonio de un agradecimiento libre y lleno de afecto, pero también de la nostalgia amorosa de una madre? ¿Y las pupilas mendigas y humildes de El Chico, (Chaplin, 1921) o la mirada melancólica e ilusionada de Giosué, de La vida es bella (Roberto Benigni, 1998)? ¿Y qué decir de la decepción que experimenta Javi, el protagonista de Secretos del corazón (Montxo Armendáriz, 1997), ante el adulto mundo de la mentira? ¿O del nacimiento de la rabia en Moncho, el alumno tímido de La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999)? El rigor del moralismo amarga el rostro de Alexander, en Fanny y Alexander (Ingmar Bergman, 1982); y la orfandad urge el gesto de Josué, el chico brutalmente desposeído de su madre y de todo en la Estación Central de Brasil (Walter Salles, 1998). También nos conmueven los ojillos vivos y apasionados de los paupérrimos Niños del Paraíso, y la mirada solidaria y humillada de Bruno, víctima indirecta de El ladrón de bicicletas (Victorio de Sica, 1948), auténtico héroe trágico, de altura ética incontestable. Y el misterio del dolor y de la cruz, que atraviesan sin misericordia las entrañas del niño berlinés de Alemania año cero (Roberto Rosellini, 1947), o la infancia truncada de Antonie Doinel, en Los cuatrocientos golpes (François Truffaut, 1959).


 A sabiendas que quedan muchas obras en el tintero, nos vamos a detener en esta ocasión, en el trato de un profesor con sus alumnos casi niños o en el comienzo de la adolescencia. Antes de entrar en la sinopsis de la película conviene reflexionar sobre algunas cuestiones de interés para nuestros protagonistas. Porque ante esas cuestiones a veces sólo nos enfrentamos los adultos, y puede llegarse tarde. Hace falta ofrecer recursos éticos y bioéticos que ayuden a los más jóvenes a enfrentarse personalmente con lo que la sociedad les presenta y sepan acertar. Depende de los adultos que los niños y jóvenes descubran el gusto por lo arduo, el sentido de la disciplina, la valentía de la honradez y la alegría del altruismo. Cosas que integran vivir ética y magnánimamente.

Todo esto es importante dado que, desde hace varias décadas, el valor de la vida humana está sufriendo una especie de eclipse. "Nuestras tinieblas son las luces del diablo", explicitará C.S. Lewis[1], en tanto que la ofuscación nos viene no sólo desde nosotros mismos, sino también desde fuera. Encontrar nuevos modos de respetar y defender nuestra propia vida y la de los demás es un reto importante.

 La persona humana, junto con su excedencia de ser y sus posibilidades de infinito, de autorrealización, está atravesada de indigencia, lleva en sí su autodestrucción. Los deberes del hombre, en cuanto hombre, para lograr los bienes a los que aspira y luchar contra los males que le acechan son parte del descubrimiento de su propia e irrenunciable realidad y deberían conducir a la primacía del orden moral sobre todos los demás. Frente a metas particulares el fin propio de la persona se halla de antemano en nosotros como aquella suprema aspiración constitutiva que tradicionalmente se ha traducido como felicidad[2]. Por ello, la aportación decisiva que el hombre hace a la historia es la realización del bien moral[3], que es la búsqueda y el hallazgo del auténtico y verdadero gozo humano.

 El modelo de perfecta felicidad que cada uno lleva dentro de sí nos impulsar a un "estar buscando", un continuo "estar anticipándose". Existencialmente la persona se dirige hacia ese camino infinito bajo condiciones de finitud: en la vida humana indefectiblemente aparece el dolor, la insatisfacción. Es en este clima donde la ética, como ciencia de los fines y de los medios, orienta el caminar humano. Y es de vital importancia que los padres y educadores lo consideren en su relación con los pequeños.

No es la ética una elaboración de la razón en el vacío, sino una elaboración de la razón con datos, a veces independientes de nuestro pensar y de nuestro querer, otras veces, incompletos por nuestra propia capacidad. Por ello anhelamos modelos y ayudas; necesitamos testigos, maestros que nos sirvan y estimulen como paradigmas del actuar humano. Algunos de estos maestros pueden encontrarse en el cine. Lógicamente, esa necesidad es más esencial cuando se es niño. Desde esta orientación, la ética -y también la bioética en tanto que incide en la corporalidad humana- crea puentes entre tradición y progreso, teoría y práctica, ley y vida, técnica y humanidad.

Por ello, interesa centrarse en películas en las que se aprehende el pensamiento poético, que une lo que parece que no se puede unir –lo paradójico- y que convierte el arte cinematográfico en una forma adecuada de expresar las ideas y los sentimientos. Obras en las que el espectador experimenta una conmoción profunda, purificadora; como si al contemplarla, se tomase conciencia de los mejores aspectos de nuestro ser, que se explayan.

Se ha dicho que el cine es un producto síntesis: recoge en sus imágenes la tradición pictórica, plástica y teatral del pasado; integra los logros sonoros de la radio, los luminosos de la fotografía, los verbales de la literatura y del teatro, y el encanto de la música. Desde esta visión, en lugar del séptimo arte se podría afirmar que es el compendio de todas ellas. El cine puede pretender la profundidad de la poesía, lograr la imagen estática de la pintura, simular las tres dimensiones de la escultura, establecer el hábitat de la arquitectura a través de la recreación de escenarios materiales y humanos, mostrar el diálogo de la novela y el movimiento del teatro. Estamos ante una de las modalidades artísticas más influyentes. Por todo ello, el cine también parece un vehículo adecuado y actualizado para el perfeccionamiento del conocimiento ético y bioético, puede ser un reproductor fiel y fascinante de la vida humana en todas sus facetas.

El cine nunca nos podrá contar la verdad completa sobre nosotros mismos, sin embargo, sí que le podemos exigir que no nos oculte nada sobre nosotros mismos y por ese trecho se ha metido el último cine europeo[4].



[1] C.S. LEWIS, El diablo propone un brindis, RIALP, 1993, 25
[2] R. SPAEMANN, Felicidad y Benevolencia, Rialp, 1991, 37 y 107
[3] CAFFARRA, C. Vivir en Cristo. EUNSA, 1988, 157 y 177
[4] J. GRENADIER, Calibán, II-2002
 

Película a Debate: Profesor Lazhar
Título Original: Monsieur Lazhar
Año: 2011
Duración: 94 min.
País: Canadá
Director: Philippe Falardeau
Guión: Philippe Falardeau; basado en la obra de Evelyne de la Chenelière
Vestuario: Francesca Chamberland
Música: Martin Léon
Fotografía: Ronald Plante
Montaje: Stéphane Lafleur
Diseño de producción: Emmanuel Fréchette
Reparto: Mohamed Fellag (Bachir Lazhar), Sophie Nélisse (Alice), Émilien Néron (Simon), Danielle Proulx (Srta. Vaillancourt), Brigitte Poupart (Claire), Vincent Millard (Victor)
Producción: Luc Déry y Kim McCraw
Género: Comedia dramática
Distribuidora: A Contracorriente Films
Estreno en Canadá: 28 Octubre 2011
Estreno en España: 18 Mayo 2012
Calificación por edades: No recomendada para menores de 7 años
 

profesor lazhar peq Junto a la sencillez de pasar un buen rato, puede ser también el encuentro con las personas, con uno mismo, con las cosas, con el arte; ocasión de admirar, de contrastar, de convivir con ideales y modelos de vida que esculpen el tiempo y a nosotros mismos, por impregnarnos la complejidad de argumentos, de interpretaciones, de la puesta en escena, de tantos aspectos que reflejan la realidad viva que nos atañe.

Incluso puede ocurrir, que supere la realidad que nos impregna, pues si una película tiene valor estético, nos atraerá mejor por las interconexiones poéticas que se salen de la realidad; si, además, entraña un modelo ético, nos mostrará unos significados para que en lo ordinario descubramos tantos pequeños extraordinarios que son los que nos humanizan y hermanan. Cine como escuela complementaria de la bondad y de la belleza que anhela toda persona.

Esta afirmación es ratificada por el cineasta Tarkoswki cuando apunta que en el buen cine, se conjugan el arte y la ciencia, como dos de las formas de apropiarse del mundo, en tanto que formas del conocimiento del hombre en camino hacia la verdad absoluta.

Todas estas connotaciones se dan el la película "Profesor Lazhar"; señala Rodríguez Chico, que el canadiense Philippe Falardeau nos regala una película luminosa y sencilla, enternecedora y profundamente optimista. Arce comenta que existen muchas películas de profesores y alumnos y, en ellas, se observan dos tendencias principales, la que nos habla de algún heroico e inolvidable enseñante enfrentado a una situación adversa que tiene que domeñar para preparar a sus pupilos para las durezas de la vida —vía preferida, en general, por Hollywood— y la que busca, más que ofrecer certezas, mostrarnos la situación de la educación en un momento en el que la sociedad del bienestar hace aguas por todas partes.

Profesor Lazhar viene, en cierta forma, a situarse en un punto medio entre las dos tendencias. Y lo hace tomando lo mejor de las dos: ofreciéndonos, el retrato de un improbable profesor al que una escuela pública recurre tras una terrible tragedia que ha conmocionado a los niños, el suicidio de su maestra. Los niños han quedado muy impresionados por el suceso, y la primera misión de Bachir Lazhar será enseñarles a superar el trauma y aceptar la realidad por dura que sea, abrirse a los demás y no encerrarse en su dolor. El propio Lazhar tiene un pasado difícil y sabe de lo que habla, por lo que el aula se convertirá en lugar para la confidencia y las clases en prolongación de sus mismas vidas. Viene de una sociedad distinta en la aún se idolatra la letra escrita y Balzac es considerado un placer compartido por todos. Un hombre que, además, trae consigo su propio drama, y que de esa manera va a trazar un invisible vínculo con sus alumnos. Sus métodos pedagógicos, tradicionales –exigentes con los chavales y, a la vez, muy cercanos a ellos–, chocan con las convenciones políticamente correctas por las que se rige el colegio. Esto desarrolla una agria polémica entre los profesores y los padres, paralela a los esfuerzos de Lazhar y sus alumnos por curar las profundas heridas que tienen abiertas.

El filme muestra cómo convivir con la muerte, con el hecho de que los que quieres ya nunca estén o permanezcan en una casi continua ausencia. Como todas las grandes películas, en definitiva, habla de la vida y de ese impulso que nos hace buscar lo que cada día nos dé fuerzas para levantarnos y salir adelante. Pero, también como todas las grandes, lo hace casi sin que nos enteremos de que esa es su verdadera razón de existir.

A medida que conocemos al profesor Lazhar, nos encariñamos con él y su figura se engrandece hasta ganarnos por completo. Y lo mismo sucede con cada uno de sus niños, y no porque se nos ofrezcan unas caras dulces o un material sensible, sino porque se nos presentan con extraordinaria verdad y autenticidad, desde un lado muy humano y con plena sinceridad. Hay mucha sensibilidad y transparencia al tratar asuntos tan delicados, y se hace con la dosis justa de dramatismo, contención y arrojando luz sobre los problemas, sin prescindir del buen humor y la fina comicidad. La riqueza del lienzo se construye en la cotidianeidad del aula, con limpieza y sin pretensiones, invitando a todos a mejorar los modos de educar y a superar las diferencias para vencer incluso a la muerte. Con suavidad y exquisita sensibilidad, entre colores invernales apagados y notas musicales que alientan la esperanza, la cámara se acerca a los rostros de unos niños hiperprotegidos o carentes de afecto, y nosotros nos introducimos en sus vidas para apostar por el elemento humano en la educación, para rechazar la impostura y la violencia, para mirar a la muerte por encima de las fronteras y de los papeles. Falardeau consigue un altísimo nivel emocional subrayando las virtudes básicas, que dotan de alma a su certera crítica a la sociedad actual, dominada, según él, por complejos, miedos y fundamentalismos ideológicos muy perjudiciales para la formación afectiva de los niños. Reconocida con numerosos galardones –entre ellos, los más importantes seis Premios Genie de la Academia Canadiense de Cine y Televisión– y candidata al Oscar 2011 a la mejor película en lengua no inglesa, Profesor Lazhar supone el descubrimiento internacional del director y guionista canadiense Philippe Falardeau.


 TEMAS A DEBATE:

-LA PROTECCIÓN DE LA INOCENCIA INFANTIL

-EL SENTIDO DEL SUFRIMIENTO

-LA NECESIDAD DE AFRONTAR CON LOS NIÑOS EL TEMA DE LA MUERTE

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